Aquella manta remendada
nos recuerda a ti y a mí,
desnudos de ropa y sal,
jugando a ser origen
conjugación lenta
diagrama de Benn
sumatorio profano,
contemplando desde lo alto
el resto de nuestras vidas.
Aquella manta remendada
nos recuerda a ti y a mí,
desnudos de ropa y sal,
jugando a ser origen
conjugación lenta
diagrama de Benn
sumatorio profano,
contemplando desde lo alto
el resto de nuestras vidas.
Déjame compartir tus ratos de oscuridad,
caminar, por un rato, con tus zapatos,
repartirnos a medias el veneno de tu copa,
escuchar las voces tristes
que te hablan de soledad.
Déjame empujar junto a ti los muros del alba,
echar a volar cometas y versos leves.
Déjame dejar a tu lado
huellas efímeras en la arena.
Déjame acompañarte, abrazar olas y espuma,
déjame verte reír todas las risas,
déjame verte volar todos los cielos…
Es poeta aquel que no espera,
aquel que sale
al encuentro de las palabras,
las mima, las pule,
las troquela y las une.
Con saliva y amor las une,
con rabia y lágrimas
(si fuese necesario),
mas no espera inspiración
sino que atiza
la fragua de su mente
impaciente, insomne.
Alerta de café e ideas,
acaricia tiempos verbales
y adjetivos sonoros.
Es poeta aquel
que forja sentimiento
y letra.
Sin pedir permiso ni opinión,
que escribe por necesidad,
por compromiso,
por amor,
por dolor.
Es poeta aquel
que vive un poco más
que su vida,
en versos que, con suerte,
le transcenderán.
No me da miedo la noche
que, a fin de cuentas,
es la telonera del día.
Ni me da miedo la oscuridad
que, a la postre,
es difícil de encontrar.
Me da miedo no ver
tu melena blanca y salvaje,
tus arrugas de risa,
tus muecas que me hacer reír a mí.
Eso sería castigo:
no poder apreciar
la mitad de las razones
que hacen la vida llevadera.
Permíteme que profane
el agua de tus ojos,
nadar en ellos,
Viaje, Singladura, Ordalía,
y ver a su través,
más allá de dudas,
el horizonte
que me regalas.
El silencio preña mi cerebro.
Deposita en él
pequeños homúnculos,
ideas a medio hacer.
El silencio
construido a
base de ruido blanco,
respiración
escueta
y viento de
poniente.
De ausencia,
de latencia,
de posibilidades.
De pequeños grumos de realidad.
El silencio
de color azul,
gris y naranja,
fértil y húmedo
como el limo en
un estuario,
esperando para
germinar
y ser, al fin,
voz y verso.
Gracias por tu indulgencia y por compartir tu noche de solitaria compañía (aunque sea desde la distancia). Ojalá que seas feliz.
Mi
historia es la del niño
afortunado
entre parias.
Un
poco menos miserable que los demás
pero
paria al fin.
Mi
historia navega en calles
de
color rojizo marciano,
yermas
de todo menos de risas de niños
y
madres amamantando
a
futuros desclasados.
Mi
historia parte de gente pobre
con
sueños de pobre:
escuela
para sus hijos,
unos
zapatos que no sean heredados,
doce
aciertos en la quiniela…
Mi
historia es la del extranjero,
migrante
en su propio país,
sangre
y gasolina de mis tierras adoptivas,
que,
en ocasiones,
son
más madrastras que madres.
Mi
historia es la del músculo
subrogado
y mercenario que,
día
a día, y a contracorriente,
trata
de parir esperanzas,
que
no sueños,
y
voluntades conscientes.
Necesitamos
la desesperación
porque
la fe solo mueve montañas,
solo
cambia de lugar el obstáculo.
La
desesperanza es dinamita
que
revienta diques
y
allana caminos.
Pero
aún dormimos
el
sueño inquieto del febril
en
un alba incierta,
soñando
con posibilidades remotas
de
oportunidades huecas.