¿Recuerdas
cuando quisimos ser héroes?
¿Recuerdas con
que circunspecta alegría
nos lanzábamos
al ataque contra tragedias ajenas,
soledades y
dragones?
Quisimos cambiar
un poco el mundo,
que sé yo,
quizás
abarcábamos demasiado,
quizás
exhibíamos el arrojo del ignorante
y la arrogancia
de la juventud.
¿Cuánto ha
pasado desde entonces?
¿Cuántas cicatrices
quedan?
De la visibles
ya se cuantas pero
¿y de las otras?
Las secretas,
las que nos avergüenzan,
las de las
batallas que volvemos a ver,
una y otra vez,
una y otra vez
cada noche en
vela,
buscando los
porqués, buscando los errores,
buscando
expiación.
Esas cicatrices
que salen, lívidas,
cuando nos
sonrojamos,
que nos hacen
sentir farsantes
cuando una
víctima de otros verdugos
nos agradece la
ayuda,
y nosotros
nosotros sabemos
de nuestros
errores,
de nuestra
oculta cobardía,
de nuestras
propias víctimas.
Y entonces un
bocado de plomo,
frío, tóxico,
se asienta al
fondo del estómago
y respirar con
normalidad
parece tan
difícil
como corregir
las erratas de dios.
Los años, ya
ves,
han pasado para
ambos y,
aunque yo elegí
pelear otras guerras
porque tenía que
mirarme, a veces,
en el espejo sin
odiarme,
siempre envidié
tu constancia,
tu capacidad, tu
alegría rebuscada y feraz.
Se que, en tu
lucha, no te sientes ganador,
y, sin embargo,
nunca has rehuido el combate,
y eso debería
contar algo
aunque no
consuele,
aunque no sea
solución ni
absolución.