¿Cuántas veces
hará falta
llorar a mis
ausentes?
¿Una Vez?
¿Dos mil ciento
veintinueve?
¿Ninguna?
Porque aquí,
como en otros lugares,
también hay
categorías.
Y aunque mi
sienta sucio y mezquino
(¿Recuerdas lo
de “¿A quién quieres más, a papá o a mamá?”)
no todos mis
muertos
son iguales en
mi ánimo.
Por eso ejerzo
en ocasiones
de contable
rancio
y juego a
inventar
una aritmética
del duelo,
para cuadrar el
balance
de mis silencios
y mis adioses.